El diablo de los números / Enzensberger

QUIEN LE TEME AL UNO FEROZ

El diablo de los números
Hans Enzensberger
Siruela, Madrid, 1997.
Publicada en Radar, Página 12, 1998.
   
    Se sabe que sólo hay un modo más efectivo para prevenir una conversación en un tren o en un avión que abrir un libro, y es abrir un libro de matemática. La sola mención de la palabra “matemática” infunde escalofríos, terror, y puede remontar al adulto más seguro a los temblores de una división con fracciones y a otras pesadillas numéricas de la infancia. Y a pesar de que el pensamiento matemático ha dejado en las llamadas Humanidades sus huellas dactilares por todos lados, desde los pitagóricos hasta el Círculo de Viena, desde la apuesta teológica de Pascal hasta la ética según el orden geométrico de Spinoza, desde los primeros principios de Descartes al teorema de Gödel, y a pesar de que la matemática ha probado ser a lo largo de la historia una ciencia increíblemente mutable y proteica, todo es en vano, y la inmensa mayoría la sigue confundiendo con ese fragmento bastante tedioso que se impartía (¿imparte?) en los colegios secundarios.
    El diablo de los números, del ensayista y poeta alemán Hans Enzensberger, está dirigido expresamente en su subtítulo a “todos aquellos que les temen a las matemáticas”, y claro, estaría llamado a convertirse en un best-seller universal si no fuera por un pequeño detalle. Las personas que verdaderamente les temen a las matemáticas no abrirán nunca, jamás, un libro que lleve esa palabra en la tapa, porque presienten –con razón- lo que les espera: que bajo la forma insidiosa de lo sencillo, de lo elemental, les quieran enseñar a traición cosas dificilísimas. Proceden con la lógica irreprochable de aquel niño de Simone de Beauvoir que se negaba a aprender la a porque sabía que después vendrían la b, la c, la z, y toda la gramática y la literatura francesa.
    El protagonista del libro, Robert, es un niño de once años que tampoco simpatiza mucho con los números. Tiene un profesor de colegio que lo atormenta con la regla de tres y a la noche sueña pesadillas recurrentes y monótonas. En uno de estos sueños se le aparece el diablo Teploxtal, enviado desde el infierno-paraíso de los matemáticos para iniciarlo en la ciencia maldita.
    A lo largo de doce noches –doce lecciones elementales de matemática- el diablo se las arregla para disolver primero el escepticismo de Robert y despertar luego poco a poco su entusiasmo, a tal punto de que aun durante el día Robert sigue pensando en dilemas matemáticos e incluso deja de jugar al fútbol con sus amigos. (Recordar que es un niñito alemán y no sabe que el fútbol es lo único que importa en este mundo). Hacia el final Robert recibe por su empeño una invitación para cenar junto a los matemáticos inmortales: Gauss, Klein, Russell, Fibonacci. Durante esta cena le otorgan una orden pitagórica, una medalla mágica de aprendiz de brujo, con la que vuelve a la Tierra y puede resolver con gran estilo los problemas fastidiosos de su fastidioso profesor de matemática.
    El diablo de los números tiene varios méritos importantes. El primero de ellos es que Enzensberger, que no es matemático, y que ha escrito sobre cosas tan diversas como la ecología política o el hundimiento del Titanic, logra atravesar limpiamente (con un buen asesoramiento) los doce temas, que tienen sutilezas no triviales. (Hay una errata importante en la edición española, en el enunciado de la conjetura de Goldbach). El segundo punto a favor es la selección de estos temas, que son todos curiosos y atractivos y logran poner en escena la magia antigua de la matemática. En particular, las desventuras de los romanos por ignorar el cero, la importancia de la sucesión de Fibonacci en la proliferación de conejos y en el crecimiento de los árboles, los números triangulares, la botella de Klein –en la que no se sabe qué está adentro y qué está afuera-, la diversidad de los infinitos y el triángulo mágico de Sierpinski. También se deja entrever algo de la verdadera actividad de los matemáticos: la solución de problemas abiertos (no resueltos), la demostración de conjeturas, la eterna maquinaria de formular más preguntas, que es la parte viva de toda ciencia. Las explicaciones son muy claras, no requieren ningún conocimiento previo, más que recordar que 1+1= 2 (esto es absolutamente así) y el autor sabe detenerse a tiempo, sin pretender dar todas las pruebas: como en una sesión de ilusionismo, es más importante lo que muestra que lo que se demuestra. Es discutible en cambio la tergiversación deliberada y chocante de varios términos matemáticos para hacerlos más... ¿familiares? Así, a los números primos se los llama números de primera, a la raíz cuadrada se la llama rábano, a los números irracionales, números irrazonables. ¿Son más encantadoras las matemáticas con rábanos que con raíces? ¿Suena menos intimidante número irrazonable que número irracional?
    El costado más débil del libro es, paradójicamente, la parte literaria. La línea argumental resulta muy endeble y la historia, por su ingenuidad y su falta de gracia, no está a la altura del contenido matemático, y parece concebida para chicos de edad mucho más baja. Es apenas un envoltorio precario, una excusa, para la serie de lecciones. De este modo, lo que podría haber sido con más imaginación una obra al estilo de Alicia en el país de las Maravillas, con las matemáticas integradas dramáticamente en el relato, queda como un conjunto de lecciones de iniciación bien elegidas y bien explicadas. Para niños, sobre todo, pero también para todos aquellos que quieran darle una segunda oportunidad a la matemática. Con dibujitos simpáticos y traducción españolísima.

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