El arte de la ficción / Lodge

LA LECCIÓN DEL MAESTRO

El arte de la ficción
David Lodge
Península, Barcelona, 1998, 340 páginas.
Publicada en La Nación, 1999.

   David Lodge, conocido sobre todo por sus novelas irónicas sobre los congresos académicos y el mundo de los catedráticos, (Intercambios, o El mundo es un pañuelo) fue también durante casi treinta años profesor de literatura en la universidad de Birmingham, y autor de varios libros de crítica literaria antes de abandonar la docencia para dedicarse enteramente a escribir. Fuera de la universidad, descubrió que no le interesaba seguir escribiendo crítica para un público académico, pero a pedido del diario The independent, inició una columna semanal "apta para todo público" sobre los mecanismos del arte de la narrativa. Cada artículo consistía en la reproducción de un breve pasaje de una novela (en general famosa, en general inglesa) y a continuación un comentario que, partiendo del ejemplo, iluminara algún aspecto sobre los métodos y los recursos de la creación.
   El arte de la ficción es la feliz reunión de esos artículos, un libro perfecto para quienes, como sugiere él mismo, "prefieren tomar en pequeñas dosis la crítica literaria". Lodge concibe a la narrativa como un arte esencialmente retórico, un arte de persuasión, en que el novelista debe lograr la inmersión del lector en una realidad imaginaria ("aun aquellos que rompen deliberadamente ese hechizo, primero tienen que crearlo") y no es extraño por eso que gran parte de sus observaciones presten atención a los mecanismos de verosimilitud, a las maneras de esconder y deslizar información, a los detalles en la creación de los personajes, a la confianza que debe inspirar la voz narrativa, a la elección y variación del punto de vista, a la construcción en definitiva de ese mundo autónomo de lo ficticio, que sigue manteniendo sin embargo delicadas relaciones con la realidad.
   Siempre inteligente, siempre interesante, quizás a veces algo forzado a la ecuánimimidad en su voz de profesor que respeta todas las estéticas, (su malicia se extraña un poco) Lodge analiza entre otros aspectos: El comienzo, El suspense, El lenguaje coloquial, La desfamiliarización, Los cambios temporales, Los nombres, Las repeticiones, La novela experimental, La epifanía, El narrador poco fiable, Lo exótico, El simbolismo, El final.
   Para La novela experimental, elige un texto de Henry Green, del año 29; es sorprendente lo inofensivas (y banales) que suenan a la distancia las pequeñas rebeldías contra la sintaxis, casi como un museo de curiosidades, ("es más divertido leer sobre estas novelas que sentarse a leerlas") e incluso los otros intentos rupturistas que analiza, desde Virginia Woolf y Joyce a Perec, hacen preguntarse si no es necesario repensar con m'as profundidad, cuando los modernismos cumplen cien años, qué significa realmente un experimento y una novedad en literatura. En El final, se analiza entre otras la técnica que utiliza Golding -extrapolada del cuento- para alumbrar con el remate hacia atrás de una manera distinta sus novelas y se incluye una aguda lección de lectura sobre el último párrafo de El señor de las moscas. El artículo quizá más interesante es el que estudia los mecanismos de "desfamiliarización", o extrañamiento, (traducción algo penosa de uno de los términos preferidos de los formalistas rusos).
   Bien mirado, como sugiere Lodge a lo largo del libro, es justamente esta desfamiliarización la operación fundamental del escritor, con la que separa y a la vez transmuta en ficción la realidad y la costumbre. En el otro extremo, el capítulo más desafortunado es sin duda el que trata sobre El realismo mágico, que revela la casi cómica miopía y confusión de la mirada inglesa cuando condesciende a otras literaturas.
   Sin proponérselo, el libro es exhaustivo, pero en el final, quizá justamente para mitigar la impresión de taxidermia, o desarmadero, que puedan haber causado los cincuenta ensayos, Lodge se preocupa por remarcar que las decisiones sobre aspectos determinados de una novela nunca existen como algo aislado sino sólo en relación con todos los otros aspectos: "una novela es una Gestalt, es decir, una estructura de percepción que posee cualidades en tanto conjunto, y que no puede ser descripta meramente como la suma de sus partes".

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