Entrevista El refugio de la Cultura (video), 2011

Entrevista en TV Pública, El refugio de la Cultura con Osvaldo Quiroga, 2011.

Volver a Entrevistas

Entrevista Paradigma Libros, 2011

Publicada en el blog Paradigma Libros con el título Yo también leí un thriller filosófico-sexual, 2011.

¿Qué libros leíste últimamente? ¿Cuál o cuáles le recomendarías a nuestros lectores?
Estos son algunos de los libros que leí en el 2011. Son todos muy recomendables.
  1. Los amores difíciles, Italo Calvino, Siruela.
  2. La obra maestra desconocida, Honoré de Balzac, Ed. de la Cueva.
  3. Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino (relectura).
  4. Las batallas en el desierto, José Emilio Pacheco, Ed. Era. (relectura).
  5. Mundo escrito y mundo no escrito, Ítalo Calvino, Siruela.
  6. Mao, Michael Lynch, Vergara.
  7. El protector, Henry James, Funambulista.
  8. Historia de mi vida, Giacomo Casanova, Atalanta.
  9. El mensajero (The Go-Between), L. P. Hartley, Pre-Textos.
  10.  El caballero que cayó al mar, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.
  11.  El diario de la arena, Hugo Burel, Alfaguara.
  12.  Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, Alice Munro, RBA.
  13.  Bellas artes, Luis Sagasti, Eterna Cadencia.

Entrevista Página 12 sobre Yo también tuve una novia bisexual, 2011

Publicada en Página 12 con el título “Quería poder contar la relación sexual de otra manera”, 2011.

El escritor ambientó la historia en un campus universitario estadounidense en los días previos a los atentados a las Torres Gemelas. “Mi novela es del orden de lo privado, incluso lleva un diario íntimo en sí misma, pero en un momento irrumpe lo político y la toca.”
Por Silvina Friera

Siempre la puerta abierta, sea varón o mujer. Sin preámbulos ni subterfugios: directo al grano. Esta es la primera recomendación que recibe un profesor argentino antes de viajar a una universidad de Redground, un pueblo en el sur profundo del conservador estado de Georgia, cerca del fuerte militar más grande de Estados Unidos, donde dará un curso de literatura en español. La advertencia enfatizada por la coreografía mental que traza el “doble sentido”, pero esgrimida para cuando tenga que atender las consultas de los alumnos en su oficina en el campus, adquiere múltiples resonancias en Yo también tuve una novia bisexual (Planeta), la última novela de Guillermo Martínez. El sagaz matemático y escritor siembra una frase cuya cosecha se explicita en tres planos superpuestos: en la misma trama, en la teoría crítica que se esboza en la zona donde la ficción se sirve del recurso del “diario íntimo”, y en el protocolo de lectura que se desprende de esa teoría, como si el libro contuviera su propio contralibro. El profesor se enamora de una de sus alumnas, Jenny, una versión más chispeante que la Lolita de Nabokov, en los días previos al atentado a las Torres Gemelas, en septiembre de 2001. No hay rodeos para narrar el universo de ese escalamiento sexual clandestino. Martínez se propone abrir puertas muchas veces cerradas –o abiertas pero “rarificadas”– y escribir al ras de la piel de Jenny, “en el territorio blando, salado y tirante entre el vello de su pubis y los montículos suaves de sus pechos”.

Entrevista diarios del interior sobre Yo también tuve una novia bisexual, 2011

Publicada (en distintas versiones) en La Gaceta Literaria (Tucumán), Los Andes (Mendoza), El Litoral (Santa Fe) y  El Liberal (Santiago del Estero), 2011.
Por Augusto Munaro

¿Cómo y cuándo surgió la novela?
Como casi todas mis novelas, surgió a partir de una idea para un cuento, empecé a escribirla como el último cuento que cerraría un libro de relatos sobre sexo y muerte que escribo de a poco, y que tiene como título provisorio Los reinos de la posición horizontal. Lo mismo me había pasado antes con La muerte lenta de Luciana B. Hay historias que a medida que uno las escribe revelan otras potencialidades, además del núcleo inicial de ideas. En el caso de Yo también tuve una novia bisexual la primera idea, el germen inicial, era contar una relación fugaz pero muy intensa, que termina por tocar profundamente a los dos protagonistas. Quería, además, contar algo de lo que Calvino llama el “mundo no escrito”, en este caso en torno al sexo. Hasta el siglo XIX, el sexo era el gran tabú de la literatura, y aún en libros considerados “libertinos”, como Historia de mi vida, de Casanova, la aproximación al sexo es por antesalas, prolegómenos, elipsis. En el siglo XX en cambio hay algo así como una super-explotación del tema, que lo “encierra” en otros clichés: el sexo tal como aparece en el realismo sucio, el sexo asociado a cierto cinismo o sordidez, el sexo en sus variantes violentas o sádicas. O bien, la otra variante, lo que yo llamo la sublimación lírico-filosófica: el sexo embellecido por metáforas, por cierta retórica demasiado literaria. Yo quería contar una historia que siguiera el escalonamiento de lo sexual en una relación con naturalidad, con la misma atención y detenimiento con que el narrador observa todas las demás cosas de ese mundo nuevo del campus al que llega. Creo que es difícil encontrar ejemplos en la literatura donde el foco sea la progresión de una relación sexual, porque escribir sobre sexo, sobre el hecho en sí, de manera sostenida, es difícil e incómodo, y puede llevar muy pronto a ciertas repeticiones mecánicas de “figuras”. Ese fue en parte el desafío: que cada escena tuviera un significado diferente y propio.
La segunda idea, más “teórica”, tiene que ver con una de las divisiones posibles de los relatos. Hay en la literatura por un lado la construcción de grandes frescos históricos-políticos, la recreación de tal o cual momento histórico concreto. En el otro extremo, tenemos los relatos de relaciones íntimas, de mundos privados, secretos, relativamente autónomos, ajenos en principio a ese ruido de lo histórico. Yo quería que esta historia secreta fuera tocada en algún momento por esa gran conmoción que fue el 11 de septiembre. Poner el efecto mayor y estentóreo de lo histórico al servicio del efecto “menor”: mostrar las consecuencias en una historia privada de ese roce indirecto y funesto.
A partir de este primer par de términos opuestos (lo privado versus lo político) se me ocurrió introducir también la pequeña teoría crítica que aparece más adelante, como apuntes mentales del narrador para una conferencia.

Entrevista La voz del Interior sobre Yo también tuve una novia bisexual, 2011

Publicada en La voz del Interior con el título Yo también tuve una novia bisexual, la novela de Guillermo Martínez, 2011.
Por Rogelio De Marchi
 
La pesada carga de prohibiciones que pesan implícita o explícitamente sobre los docentes en ese (y otros tantos) campus (que si mirás una alumna, cuántas veces, cuánto tiempo, si le hablás en un pasillo o en el gym, cómo te comportás en la consulta, qué temáticas tocás en tus programas, etc.), ¿no te parece que vuelve secundario la capacidad del docente de dar clases, la importancia de lo que tiene para enseñar?
 Creo que no. Yo escribí una novela, es decir, una ficción. Dentro de esa ficción quería darle cierto énfasis a las prohibiciones, al conservadurismo de esa universidad en el sur, a las amenazas y al costado “prohibido” de la relación. Pero en la vida real, y fui profesor durante más de 25 años, nunca sentí que la precaución más o menos tácita, más o menos reglamentada en la relación entre profesores y alumnos relegara la importancia de lo que se enseña.

Julio 2011 / Presentación de Yo también tuve una novia bisexual

Librería Usina Dain (Nicaragua 4899 CABA)
Miércoles 3 de agosto / 19 hs.
Presentan: Esther Cross y Francisco Offenhenden
Entrada libre 

Entrevista Ñ sobre Yo también tuve una novia bisexual, 2011

Publicada en la revista Ñ, Clarín, con el título Sangre de amor correspondido, 2011.

El escritor argentino Gullermo Martínez acaba de publicar “Yo también tuve una novia bisexual”, donde se propuso trabajar sobre el lenguaje y la forma en una novela erótica.

POR Mauro Libertella

La nueva novela de Guillermo Martínez tiene un título de curiosas reverberencias aireanas: Yo también tuve una novia bisexual . El eco podría no decirnos nada, pero cobra otra densidad a la luz de una serie de debates que hacia el año 2007 tuvieron a Martínez como uno de sus puntales más activos. Allí, en su ensayo “Un ejercicio de esgrima”, en el que desplegaba su propia mirada del canon argentino posdécada del sesenta, afirmaba con énfasis: “César Aira es el lago de Narciso en que se mira el posmodernismo enamorado de sí mismo. Ya sabemos que la estética posmoderna prefiere rutinariamente, como un automatismo incorporado, lo inacabado sobre lo concluido, lo aleatorio frente a lo determinado, la vacilación frente a la afirmación, lo declinado frente a lo sostenido, lo superficial frente a lo profundo, lo fragmentario frente a lo completo. César Aira les da todos los gustos y ningún disgusto”. Como buen matemático, Martínez abonaba a una lectura crítica de la literatura deudora de la lógica binaria: formalismo contra narrativismo, posmodernidad contra neoclasicismo, lo lúdico contra lo grave. En ese rompecabezas de políticas literarias, Martínez, al modo borgeano, lee a los otros para sentar las bases desde las cuales quiere que su obra sea leída, y traza en ese movimiento un mapa de afinidades con la tradición clásica del relato estructurado bajo la premisa de la lenta evolución de un misterio, el culto por lo sucesivo, el detalle realista, la educación sentimental del personaje y el estilo que, en vez de opacar o ambiguar la historia, la acompaña. Así, ya instalado en el centro neurálgico del debate, Martínez publicaba en 2007 La muerte lenta de Luciana B., y cuatro años después llega su nuevo relato.
La historia, para resumirla en dos líneas, es la de un escritor que viaja a una universidad del sur de Estados Unidos para impartir un seminario. En esa ciudad rutinaria y conservadora seduce a una alumna joven y, en el cenit de una relación breve y epifánica, profesor y alumna se enamoran perdidamente. Así, Martínez narra por primera vez, con detalle lingüístico, el acto sexual y su universo. Toca también algunos tópicos políticos, aunque la novela los relegue a un segundo plano.
Yo también tuve una novia bisexual es, finalmente, la historia obsesiva de un hombre enamorado.

Hablar de sexo es una dimensión integral, 2011

Publicada en Eterna Cadencia, 2011

Guillermo Martínez habla de la novela Yo también tuve una novia bisexual. “Tomé las torres gemelas como un elemento aireano que irrumpe en la novela”, dice.

Por Patricio Zunini. Foto: Alejandra López


Un profesor argentino viaja a una universidad del sur de los Estados Unidos a dar clases de literatura en español. La vigilancia estricta de las autoridades prohíbe las relaciones entre docentes y alumnos, pero ya desde la primera clase surge una atracción entre el recién llegado y Jennifer, una bellísima morocha, que les desata una sexualidad desbocada en medio de la represión exacerbada por la proximidad en el tiempo del affaire Clinton-Lewinsky.

Así comienza Yo también tuve una novia bisexual, la nueva novela de Guillermo Martínez (Acerca de Roderer, Crímenes imperceptibles) en la que apuesta a poner en cuestión las historias íntimas frente al relato político y la sensación de fin de época que produjeron los atentados a las torres gemelas en septiembre de 2001.

—Uno de los personajes principales, que aparece ya en la primera o segunda página, es Rachel Green. Y la alumna que mantiene la relación con el profesor se llama Jennifer. ¿Te gustaba Friends?, ¿te gusta Jennifer Aniston?
—[Se ríe] No, para nada. Los nombres los elijo siempre por motivos de sonido. Aunque Jennifer Connelly me gusta mucho; quizás tuvo que ver. Estaba buscando un nombre con jota porque la otra chica que él conoce se llama Julieta, y quería hacer una repetición intencionada de las iniciales, que aparezca como algo recurrente.