Dodecálogo personal

Publicado en El malpensante, octubre 2011.

Variando apenas una ironía de Groussac, podríamos decir que el decálogo de escritor, como todo género literario,  tiene sus leyes inviolables y propias; la primera es que no se debe intentar. Reúno aquí de todos modos algunas frases que se convirtieron para mí en algo parecido a mandamientos íntimos, a los que atendí en distintos momentos. Observo que llegan a doce, pero no me decido a eliminar ninguna: me excuso en que no tengo preferencias supersticiosas por el sistema decimal.

Entrevista y cuento inédito en La Balandra

       Continúa en La Balandra nro. 1
http://www.la-balandra.com.ar/ (no aparece online)
Incluye también el cuento inédito
Una nueva versión sobre la aparición de la piedra negra en la Plaza de la Meca

Sobre mi mamá

Publicado en la revista ELLE, octubre 2011.
   Mi mamá nació en 1931: fue la primera hija de mi abuelo Elías  y mi abuela Elisa, dos inmigrantes judíos que habían llegado con sus padres muy pequeños a la zona  de Bahía Blanca, a principios de siglo, escapando de los pogroms de Rusia. Su nombre es Raquel Esther, pero desde siempre todos le dijeron Beba. Su papá era un colchonero pobre que había trabajado duramente para llegar a convertirse en un pequeño comerciante  y  trataba de aleccionar a sus nietos, y supongo que antes también a ella, con una ideología de una única frase: Tanto tienes, tanto vales. Desde muy chica tuvo grandes responsabilidades. Cuando tenía ocho años nació Silvia, su hermana menor, a la que prácticamente tuvo que criar ella sola, por distintas enfermedades de mi abuela. Las dos hermanas tuvieron toda la vida una relación entrañable de cariño y confidencia, que sobrevivió a las distancias y a todos los cataclismos políticos y familiares. Mi tía fue siempre festiva, alegre, viajera; vivió en Buenos Aires y se radicó después en Perú. Mi madre era seria, estudiosa, concentrada y permaneció en Bahía Blanca. Pero se transformaban las dos cuando se reencontraban, como si volvieran a una edad fuera del tiempo: los momentos de mayor felicidad que pude ver en  mi madre eran cuando llegaba una carta de mi tía, o en los días previos de inminencia feliz en que anunciaba una visita.
   A los nueve años la enviaron sola a Buenos Aires, para un tratamiento de ortodoncia, y vivió por dos años en casa de familiares. A nosotros, de chicos, nos daba horror e incredulidad esta parte de la historia: ¿sus padres la habían abandonado en Buenos Aires por dos años? Al volver a su casa, en otro giro  dickensiano, encontró que mi abuelo había vendido su piano sin avisarle. Durante la adolescencia un primo la convenció de que se uniera al Partido Comunista y participó en las tomas de colegios y universidades durante la lucha de educación libre versus laica. Fue una de las fundadoras del primer cine-club de Bahía Blanca, donde conoció a mi papá, que era trotskista; con quién sabe qué artes dialécticas consiguió la hazaña considerada imposible de convertirlo al PC. Mi abuelo Elías, como en El violinista en el tejado, tuvo que resignarse a que su hija mayor, y después su hija menor, se casaran ambas con goys izquierdistas y abandonaran todas las tradiciones. La única palabra que mi mamá siguió pronunciando siempre en yiddish fue tsures (aflicciones). Retomó la carrera de Letras ya casada, mientras trabajaba a la par y criaba a mis dos hermanas mayores. En el año 62, cuando ya estaba muy avanzado su tercer embarazo, se organizó en mi casa una reunión política. Era el gobierno de Frondizi y en el marco del plan Conintes, el Partido Comunista había sido proscripto. Hubo un allanamiento de la policía y cuando se los llevaban a todos presos, el comisario a cargo vio la panza de mi mamá, y la retó, inolvidablemente: ¡Señora! ¡No le da vergüenza, en ese estado! Tiempos distintos, aquello la libró de la cárcel. Mi padre salió en libertad dos meses después, a tiempo para estar en mi nacimiento (foto). Mi mamá terminó su carrera con los cuatro hijos ya nacidos y empezó a trabajar de bibliotecaria en la Universidad del Sur, hasta que la echaron, por razones políticas, primero durante la misión Ivanissevich, en la época de Isabelita, y después de una breve reincorporación, también durante la última dictadura. En esos largos años oscuros se dedicó a vender productos de belleza a domicilio. Yo nunca le había escuchado mencionar el nombre de una crema, y apenas se pintaba, pero de todas maneras logró salir adelante. Un tiempo después pudo cambiarse a un rubro más afín y vendió también enciclopedias y libros, con la misma voluntad inquebrantable. Al volver la democracia, trabajó otra vez como bibliotecaria de un instituto terciario hasta su jubilación. Era tenaz, persistente, a veces demoledora. Cuando tenía que hacer un reclamo y la veíamos a punto de salir, empuñando la cartera y una boleta en la mano, mientras anunciaba en son de guerra: Ya me van a escuchar, o Voy a luchar contra la burocracia, mi papá bajaba un segundo el diario para mirarnos y nos decía por lo bajo, con verdadera piedad: ¡Pobres burócratas!
    Fue por años la primera lectora y la correctora de los cuentos de mi papá, antes de que salieran eyectados en sobres desde el correo local a diferentes concursos. Cuando él murió fue la que más insistió, en cada aniversario, para que reuniéramos sus mejores cuentos en un libro, con un argumento imbatible de idishe mame: Que pueda verlo en vida. Finalmente, cuando le envié el libro, flamante y recién impreso, y le pregunté si lo había leído, me dijo, como una confesión inesperada: No hay caso, nunca entendí los cuentos de tu papá. Le gustaban pocos autores, a los que leía de manera exhaustiva: Simone de Beauvoir, Alejo Carpentier, Vargas Llosa, Saramago, Primo Levi. En los últimos años, después de un par de caídas, poco a poco se fue recluyendo en la cama. La vejez tiene mucha imaginación, dijo alguna vez Bioy Casares. Ninguno de nosotros hubiera creído que esa mujer arrolladora, de furias y cariños explosivos, siempre dispuesta a enfrentarlo todo, alguna vez finalmente se cansaría. El 14 de octubre cumplirá ochenta años.

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Orgullosamente ahí abajo!

Publicado en la revista Ciudad X, octubre 2011.

   Al escribir sobre sexo hay dos tradiciones principales que uno debe enfrentar. Una es la sublimación lírico-filosófica del siglo XIX, cuando el sexo era el gran tema tabú de la literatura, y la aproximación al encuentro sexual estaba precedida por largas antesalas, metáforas “refinadas”, y lento caer de ropas que culminaba muchas veces en una brusca elipsis o en una puerta cerrada. Es interesante que aún en libros considerados “libertinos” y largamente censurados, como Historia de mi vida, de Casanova,  la retórica de época, asociada sin duda también a cierto criterio de “buen gusto” literario prefiere no detenerse en el acto sexual en sí, y lo pasa por alto con frases convencionales, o imágenes a veces ingeniosas, a veces humorísticas, que lo siguen dejando a cierta distancia. Por supuesto, esta estrategia de la demora y la evasión tiene también sus buenos argumentos y su encanto: en sus mejores momentos alcanza una atmósfera de sugestión y erotismo que por sí sola sustituye y vuelve superfluo (y quizá desanimante) el desenlace sexual. Pero de esta manera el sexo, lo propiamente sexual, con su lenguaje, su complejidad, sus vicisitudes,  queda escamoteado como objeto literario, oculto dentro del mundo de lo “no escrito”, como diría Calvino.

La preparación de una conferencia

Extractos de la novela Yo también tuve una novia bisexual, de Guillermo Martínez, (Ed. Planeta, julio de 2011) para la revista Prosofagia (N° 13, pág. 36)

6 de setiembre. Por la tarde: 

   Apuntes mentales para la charla en Savannah. Usé por primera vez el carnet de la biblioteca y me traje varios libros. Quizá conviene empezar con la frase inicial de Seis propuestas para el próximo milenio, de Ítalo Calvino. Después de todo, esas conferencias fueron pensadas y escritas para su viaje a los Estados Unidos, supongo que este libro lo conocerán en las universidades. (¿Será así? Preguntar a Rachel.)

   “Dedicaré la primera conferencia a la oposición levedad-peso y daré las razones de mi preferencia por la levedad. Esto no quiere decir que considere menos válidas las razones del peso...”

   Ya en esta aclaración, que parece a primera vista sólo un acto de cortesía, está en germen toda la cuestión, que Calvino es demasiado agudo para pasar por alto. La cuestión que es el tormento y la desesperación de cualquier crítica de valores (hacer aquí un recuadro):

Cualquiera sea la afirmación de un término y sus razones
no pueden considerarse menos válidas las razones del término opuesto.

5 de octubre / Presentación en La Plata

GUILLERMO MARTÍNEZ llega a
PRIMAVERA PLANETA en LA PLATA

El autor de “Crímenes Imperceptibles” presentará su última novela:
“Yo también Tuve una Novia Bisexual”.
Miércoles 5 /19,30
Centro Cultural Islas Malvinas / Av. 19 y 51
Entrada libre y gratuita.

Moderado por Nino Ramella
Producción general de Franganillo / Comunicación

Entrevista Clarín, 2011


En su última novela, “Yo también tuve una novia bisexual”, el autor explora las posibilidades de contar el erotismo.

Por Gabriela Cabezón Cámara

Sexo. Mucho sexo. Lo difícil, dirá él cada vez que se lo pregunten, fue contarlo fuera de los lugares comunes. “Esa fue mi apuesta en este libro”, agregará, también, cada vez que hable de su última novela, Yo también tuve una novia bisexual , Guillermo Martínez. No fue el único cliché contra el que luchó en este texto: también se distanció de la forma políticamente correcta de representar a los homosexuales. Y no se privó de ironizar sobre lo que llama “el estallido de la literatura del cuerpo, de la novela gay y la figura del travesti” que dominó, precisa, en los 90.
Pero por algún lado hay que empezar. Y de verdad hay mucho sexo en la novela, ya desde el mismo título, así que empezamos por ahí:

¿Cómo construiste la relación sexual entre los personajes?
El gran trabajo fue ir escena por escena para pensar que quería decir; cómo narrar algo diferente en cada caso, cómo incluir algo que se vinculara con detalles personales, con los develamientos de cada uno y cómo vincular esas escenas con el resto de la trama. Me preocupaba contar la progresión del ahondamiento, de esa especie de ensayo de nuevas cosas en cada encuentro, y seguí a algunos escritores con los que tengo empatía en la forma de escribir sobre lo sexual. Volví a leer a Henry Miller, a Casanova. También a Alberto Moravia; siempre me gustó mucho la forma en que cuenta las relaciones sexuales, tan lejos de la metáfora excesiva o de la retórica como de la crudeza burda. Traté de que estuvieran todos los ingredientes: algo de humor, algo escatológico, algo de juego también”.
La novela cuenta la historia de un profesor que viaja a una universidad de un muy conservador sur de los Estados Unidos para dar un curso y le pasa lo que, le advierten desde el mismo día de su llegada, está absolutamente prohibido: entabla una muy tórrida relación con una alumna. Sucede en 2001 y el estallido público e histórico de las Torres Gemelas va a generar otras explosiones, íntimas y biográficas, en las vidas de los personajes. Además de sexo, en esta novela hay política, historia, una propuesta de teoría literaria. Y esa manera de contar tan propia de Martínez, que retoma con maestría un elemento propio de la narrativa clásica, el suspenso: “A mí me interesa que las novelas tengan cierta estructuración porque allí es donde está el suspenso, en lo sucesivo, en el encadenamiento, en la progresión dramática. Me interesa que haya siempre la inminencia de algo que está por suceder, y que va a cambiar el destino de los personajes.”

Desde el mismo título, sabremos que la chica, Jennifer, es bisexual. ¿Por qué?
Esta novela empezó como un cuento. La idea era hacer el retrato de una persona que muestra una cara en una relación heterosexual pero también tiene otra, otro modo de relacionarse con su propio género, que la hace infeliz, pero que ella percibe como el más real, el más auténtico para sí misma.

La novia de Jennifer, muy masculina y dominante, la maltrata. No es una representación frecuente del universo lésbico.
Creo que en los Estados Unidos hay una cultura gay mucho más desarrollada. Me pareció que había una maduración que hacía posible que hubiera una lesbiana que tuviera esas características sin que nadie se sobresaltara. Hay un cliché también en el tratamiento de lo homosexual, siempre sofisticado y alegre. No quería caer en esa condescendencia, si no mostrar toda la diversidad. Y, justamente, hay una figura (“butcher”) que habla de una clase de lesbianas que son más corpulentas, que tienen algo rudo. Y el atractivo para las chicas es esa cosa de peligro físico, igual que las heterosexuales que se enamoran de tipos físicamente imponentes y medio violentos.

Hablás de un país con una cultura homosexual más desarrollada, pero la de la novela es una sociedad muy conservadora. De hecho, es una novela muy política en ese sentido.
Política, sí, pero en el sentido de cómo la política interviene concretamente en las relaciones de una sociedad. Más bien hablaría de lo ideológico: el hecho de que la universidad es relativamente puritana, la sociedad es muy conservadora, eso corresponde a lo que eran los Estados Unidos alrededor del 2001. Pero hay un elemento, los ataques a las Torres Gemelas, que cambia el paradigma, la forma de pensar una cantidad de cosas. Yo no quería que eso, que es historia contemporánea, tomara demasiada dimensión y aplastara a la ficción. Cuando entra la política a un texto suele aplanar y torcer demasiado todos los elementos en direcciones ideológicas, de pronunciamiento.

Hablando de pronunciamiento, el título de la novela recuerda un poco a los de César Aira, que es un escritor que está en las antípodas de tu narrativa. ¿Es una ironía?
Disiento: parece que toda la ironía estuviera acaparada por Aira en la Argentina. No es así. Este título me parece irónico respecto de lo que han sido los clichés de lo sexual de los años 90: el estallido de la novela del cuerpo, de la novela gay, de la figura del travesti. Incluso creo que en algún momento hubo un plus automático para las novelas que tocaban el tema, solamente por tocarlo. Yo quería hacer una pequeña ironía sobre eso, como diciendo bueno, yo también tuve una novia bisexual, pero voy a contar otra cosa. O de otro modo.

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30 de septiembre / Bar Abierto

Espacio de psicoanálisis y cine en la Ciudad
Auspiciado por la Escuela de la Orientación Lacaniana

CHARLA DE  CAFÉ
Viernes 30 de septiembre /19 hs.
Jorge Luis Borges 1613
Plaza Serrano
ENTRADA LIBRE

Comentan:
Guillermo Martínez (escritor) y Luis Darío Salamone  (psicoanalista - AE de  EOL y AMP)
Coordina: Ana Meyer

"El Hombre de al lado" 
un film de Mariano Cohn & Gastón Duprat
(no se proyectará el film)

Entrevista Capital del Libro, 2011

Publicada en Capital del Libro con el título "El trabajo de escribir requiere una aproximación local", 2011.

¿Hubo una persona o un hecho puntual que considere haya sido motor de su vocación de escritor?  
Sí, claro: mi papá; lo cuento en el prólogo a la antología de los cuentos de él que preparé y que se publicó hace poco.  La literatura siempre estuvo en mi casa, sobre todo a través de mi papá, que era escritor,  pero también a través de mi mamá, que estudiaba la licenciatura en Letras. Ella terminó la carrera con los 4 hijos ya crecidos. Mi papá era un gran lector, un escritor muy consecuente, la lectura era algo muy natural en mi casa. Fue él quien entusiasmó a todos los hermanos para que intentáramos algo en ese sentido. Era de la idea que había que probar muchas actividades diferentes;  de  chico yo hice natación, judo, tenis, ajedrez; intenté en el conservatorio tocar la guitarra; y mis hermanos también…La ventaja de nacer en una ciudad chica es que uno puede intentar cosas diferentes. Dos que sin dudas estaban marcadas familiarmente eran la literatura y el cine... mi papá junto con mi mamá fueron socios fundadores del cineclub en la ciudad y luego de un cineclub infantil…

11 de septiembre / Mi texto favorito

Lectura en Eterna cadencia: Mi texto favorito en un minuto

EL MENSAJERO (The Go-Between), Leslie Poles Hartley (1953)
(Fragmento de la introducción)

   El pasado es un país extranjero: hacen las cosas diferentes allí.
   Cuando me tropecé con el diario estaba buscando en el fondo de una caja roja de cartón, bastante estropeada, donde de niño guardaba mis cuellos almidonados. Alguien, probablemente mi madre, la había llenado con tesoros de aquellos días: dos erizos de mar, vacíos y secos; dos imanes oxidados, uno grande y otro pequeño, que casi habían perdido todo el magnetismo; algunos negativos en un rollo muy apretado; restos de barras de lacre; una pequeña cerradura de combinación con tres filas de letras; una madeja de cordel muy fino, y uno o dos objetos ambiguos, piezas de cosas de las que ya no podía darme cuenta para qué servían. Estas reliquias no estaban sucias ni tampoco exactamente limpias: poseían la pátina del tiempo; y al alzarlas con cuidado por primera vez, al cabo de más de cincuenta años, tuve un recuerdo tan débil como el poder de atracción de los imanes -pero igualmente perceptible- de lo que habían significado para mí. Hubo un intercambio entre ellas y yo: ese placer tan íntimo del reconocimiento, el júbilo casi místico de poseer algo cuando se es muy pequeño: sentimientos que me avergonzaron a mis sesenta y pico años.
   Era un pasar lista a la inversa; las criaturas de otros tiempos decían sus nombres, y yo respondía “Aquí” “Aquí”. Sólo el diario se negó a revelar su identidad.
   Mi primera impresión fue que se trataba de un regalo traído por alguien desde otro país. La forma, los rótulos, la encuadernación en cuero flexible de color morado que se arrugaba en las esquinas, le daban un aire extranjero; y aún se reconocían los cantos dorados. De todos los objetos de la caja era el único que quizá fuese caro. Sin duda había sido uno de mis tesoros, ¿cómo era posible entonces que no lo recordara?
   No quería tocarlo, como un desafío para mi buena memoria: estaba orgulloso de ella y no me gustaba apresurarla. De manera que me quedé contemplando el diario como si fuera un espacio en blanco en un crucigrama. Pero siguió sin hacerse la luz, y de repente empecé a palpar la cerradura, porque recordé cómo, en el colegio, siempre era capaz de abrir al tacto cualquier combinación que me fijaran. Era una de mis habilidades, y la primera vez que lo logré conseguí algunos aplausos, porque declaré que para hacerlo tenía que caer en trance, algo que no era del todo mentira, ya que me esforzaba por no pensar en nada y dejar que mis dedos trabajaran sin dirigirlos en absoluto. Para aumentar el efecto, sin embargo, cerraba los ojos y me balanceaba suavemente hacia atrás  y hacia delante, hasta que el esfuerzo de no pensar casi me dejaba exhausto. Y esto fue lo que me encontré haciendo ahora de manera instintiva, como si tuviera un público delante. Después de una pausa intemporal oí el débil chasquido y sentí cómo los lados de la cerradura se aflojaban y se separaban; y al mismo tiempo, como una liberación por simpatía dentro de mi mente, el secreto del diario apareció ante mí.