Capítulo 2: "Los crímenes de Alicia"

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 Cuando me anuncié en la entrada del Merton College, la luz de la tarde aún persistía, con esa cualidad extendida y serena de los días ingleses de verano. Mientras esperaba a que Seldom me viniera a buscar, me asomé al cuadrilátero de césped del primer patio y quedé atrapado, una vez más, en el misterio de estos jardines internos. Había algo, una proporción en la altura de los muros, o la limpidez con que asomaban las crestas de los tejados, que lograba, ¿por un efecto óptico? ¿por la simple quietud?, acercar el cielo milagrosamente, como si la forma platónica del rectángulo recortara hacia arriba una lámina celeste casi al alcance de la mano. Vi, a mitad de camino sobre el césped, unos canteros brillantes y simétricos de amapolas. Un rayo oblicuo daba en las galerías de piedra y el ángulo con que alumbraba la piedra centenaria recordaba a los relojes solares de civilizaciones antiguas, y a la rotación milimétrica de un tiempo sobrehumano. Seldom apareció por una esquina y me condujo a través de una segunda galería al jardín de los fellows. Vimos cruzar con apuro, en sentido contrario, a varios profesorescon sus rígidas togas negras, con algo de cuervos en bandada.

  —Todos en el college estarán ahora en el comedor, ocupados en la cena —me dijo Seldom—: podremos conversar en paz en el jardín.
   Me señaló una mesa apartada en uno de los rincones de la galería. Un hombre muy anciano miró hacia nosotros, dejó con cuidado su cigarro sobre la mesa y movió hacia atrás su silla para incorporarse a medias, muy lentamente, con la ayuda de un bastón.
  
—Es Sir Richard Ranelagh —me susurró Seldom—. Fue viceministro de defensa del Reino Unido durante muchos años y ahora, desde su retiro, es el presidente de nuestra Hermandad. Es, además, un escritor aquí muy reconocido de novelas de espionaje. No necesito decirle que lo que escuche ahora debe guardarlo en el mayor secreto.

  Asentí y dimos los últimos pasos hacia la mesa. Estreché una mano frágil pero que guardaba un reflejo de sorprendente firmeza, dije mi nombre e intercambiamos unas primeras frases corteses. Aún bajo los pliegues de arrugas y sus párpados de tortuga, Ranelagh parecía un hombre muy vivaz, con unos ojos fríos y penetrantes, y mientras asentía levemente a las palabras con que Seldom me presentaba, no dejaba de estudiarme detrás de una sonrisa cauta, como si prefiriera asegurarse por sí mismo y suspendiera su juicio para más adelante. Que hubiera sido el número dos en el Ministerio de Defensa no lo disminuía a mis ojos; más bien lo magnificaba. Había leído suficientes novelas de John le Carré para saber que en los ámbitos de Inteligencia, como en tantos otros órdenes, el número dos era en realidad el verdadero número uno. Había sobre la mesa tres vasos y una botella de whisky de la que Ranelagh, evidentemente, ya se había servido una buena parte. Seldom echó en su vaso y en el mío lo suficiente como para emparejarlo. Cuando acabó la ronda de trivialidades, Ranelagh retomó su cigarro y dio una larga bocanada.
   
—Ya le habrá dicho Arthur que tenemos una historia incómoda para contarle —cruzó una mirada con Seldom, como si se aprestara para una tarea difícil y buscara su ayuda—. Se lo contaremos en todo caso entre los dos. Pero, ¿por dónde empezar?
  
—Como aconsejaría el Rey —dijo Seldom—: empieza por el principio, sigue hasta llegar al final y entonces para.

 —Pero quizá debamos empezar antes del principio —dijo Ranelagh y se echó hacia atrás en su silla como si fuera a examinarme—: ¿qué sabe usted de los diarios de Lewis Carroll?

  —Ni siquiera sabía que existieran —dije—. En realidad sé poco y nada de su vida.
  
    Me sentí en falta, como si regresara a las mesas examinadoras de mis épocas de estudiante: apenas había leído, en la bruma de la infancia, en una incierta traducción castellana, Alicia en el país de las maravillas y La caza del snark. Y si bien había estado alguna vez de visita en Christ Church, donde Carroll daba a la par clases de matemática y sermones, y había visto al pasar su retrato en el Dining Hall, nunca me había preocupado por rastrear sus huellas. Tenía además en esa época cierta indiferencia voluntaria —y bastante saludable— por los autores detrás de las obras y prefería en general atender más a la criatura de ficción que al creador de carne y hueso. Pero por supuesto, esto último no podía decirlo sin que sonara despreciativo a dos miembros de una Hermandad Lewis Carroll.
  
—Los diarios existen, sí —dijo Ranelagh—, y de la manera más perturbadora: incompletos. Carroll escribió a lo largo de su vida trece cuadernos y su primer biógrafo, su sobrino Stuart Dodgson, fue quizás el único afortunado que pudo leerlos íntegros. Sabemos esto porque cita pasajes de todos los cuadernos en su biografía inaugural de 1898. Los cuadernos quedaron después arrumbados en la casa familiar y pasaron treinta años de silencio, pero en el centenario del nacimiento de Carroll se reavivó el interés por su figura y los familiares se decidieron a exhumar y reunir todos sus papeles dispersos. Trataron entonces de recuperar los diarios, pero descubrieron que habían desaparecido cuatro de los cuadernos originales. ¿Fue solo falta de cuidado, la esfumación en una mudanza, desidia? ¿O alguien más durante esas tres décadas, un familiar demasiado celoso por proteger la reputación de Carroll, los leyó también uno por uno, hizo su propio juicio de censura y eliminó esos cuatro porque guardaban entradas demasiado comprometedoras? No lo sabemos. Afortunadamente sobrevivieron los que cubren el período en que conoció a Alice Liddell y escribió Alicia en el país de las maravillas. Pero también aquí los scholars, al revisarlos con cuidado, se encontraron con un detalle enloquecedor, una partícula de incertidumbre, que dio lugar a toda clase de especulaciones y conjeturas. En el cuaderno de 1863 faltan algunas páginas y en particular hay una claramente arrancada, que corresponde a un momento muy delicado de su relación con los padres de Alice.    
—Delicado… ¿en qué sentido? —me decidí a interrumpir.

 —Yo diría que en el más delicado posible. —Sir Ranelagh dio otra bocanada al cigarro y cambió un matiz del tono, como si se aprestara a internarse en un territorio minado. —Usted sin duda sabrá algo de la historia detrás del libro de Alicia. Al menos déjeme recordarle esto: en ese verano de 1863 Carroll era un hombre que había pasado los treinta y vivía en los cuartos de soltero de Christ Church, mientras daba clases de matemática y se debatía sobre si tomar o no las órdenes religiosas definitivas. Ocho años antes había llegado a Christ Church el nuevo decano del college, Henry Liddell, para establecerse con su esposa y sus cuatro hijos: Harry, Ina, Alice y Edith. Carroll se cruzaba a estos niños todo el tiempo en los jardines de la biblioteca, pero en el primer encuentro con Alice ella tenía apenas tres años. Al principio hizo amistad e incluso ayudó en sus matemáticas al hijo mayor, Harry, a pedido del decano. Después Carroll empezó a registrar en sus diarios sus encuentros y paseos cada vez más frecuentes con la mayor de las niñas, Ina, que iba siempre acompañada por su institutriz, Miss Prickett, una mujer al parecer sin ningún atractivo, de la que Carroll se burlaba en secreto junto con las niñas. A medida que Alice fue creciendo, empezó a participar también de los juegos y canciones que inventaba Carroll y se agregó al grupo que iba en los veranos de excursión al río, siempre con la compañía inevitable de Miss Prickett, como quedaba asentado en el diario cada vez. Carroll ya había desarrollado también su afición por la fotografía, había comprado sus primeros equipos y hacía sesiones frecuentes con las niñas en toda clase de poses y disfraces, algunas veces semidesnudas, como en la célebre foto de Alice como mendiga. Por extraño que pueda parecernos esto ahora, ya fuera por el halo de respetabilidad que le daba su condición doble de profesor de Oxford y clérigo, o quizá porque les parecía un personaje excéntrico pero inofensivo, o simplemente porque era una época más confiada e inocente, ni el decano ni su esposa ponían reparos a estos juegos y excursiones. Bastaba que Carroll les enviara una nota y podía llevárselas al río durante toda una tarde. En una de estas excursiones, un año atrás, les había contado a las niñas la historia de Alicia bajo tierra y la Alice Liddell de carne y hueso le había hecho prometer que la escribiría como un libro para ella. Carroll demoró seis meses en ponerse a la tarea y para este verano de 1863 todavía no la había terminado. Pero seguía sin duda en las mejores relaciones con la familia Liddell. Llegamos entonces al 24 de junio. A la mañana Alice y Edith van hasta las habitaciones de Carroll para arrastrarlo a una expedición a Nuneham, a la que se suman el decano, Mrs. Liddell y varias otras personas. Es un grupo de diez, y Carroll los consigna uno a uno con sus nombres. 

La institutriz, Miss Prickett, por excepción, no forma parte del grupo, algo muy inusual, quizá porque las niñas iban acompañadas por sus padres. Alquilan un bote grande, reman a través del río por turnos hasta el otro borde, toman el té bajo los árboles y al caer la tarde, mientras el resto del grupo se vuelve a sus casas en un carruaje, Carroll regresa a solas con las tres niñas en el tren. En su diario, cuando registra el momento en que se queda solo con ellas, anota entre paréntesis «mirabile dictu!», que era una expresión que usaba cuando las cosas se arreglaban de manera inesperada a su favor. Después todavía agrega: «Una expedición placentera con un muy placentero final». El «muy» subrayado por él mismo en el manuscrito.

 —Y Ranelagh hizo una pausa, quizá para subrayar él también el efecto de la frase.

 —¿Cuántos años tenían las chicas? —pregunté.

 —Pregunta muy pertinente, aunque me temo que las edades eran algo bastante distinto en ese tiempo. El pasado es un país extranjero, como dijo Hartley, y también en las costumbres. Basta recordar, como parte de la paradoja, que las mujeres podían casarse legalmente a los doce años y aún así, eran bastante más infantiles en otros aspectos que las niñas de hoy. El propio Carroll usa varias veces la expresión «niña­esposa» para referirse a las esposas púberes de otros personajes de esa época. Ina tenía catorce años, ya era una adolescente en plena expansión, alta y muy hermosa de acuerdo a las fotos. Había sido la primera amiga de Carroll y su nombre aparece muy seguido en los diarios. Ese verano era el último en que podría salir sin chaperona. Alice tenía once, y se había convertido desde el año anterior en la favorita de Carroll. Varios testigos de la época coincidenen señalar la devoción especial que él tenía por ella, aunque es curioso que casi no hay rastros explícitos de esto en los diarios. Estaba en la transición hacia los doce años, la edad en que Carroll perdía o reemplazaba a sus amigas niñas. Edith tenía nueve. 

—Ranelagh nos miró, como si esperara alguna otra pregunta, y volvió a servirse de la botella de whisky antes de decidirse a proseguir. —Al finalizar este día de excursión, Carroll se va a dormir tranquilamente y al día siguiente vuelve a pedir la compañía de las niñas, pero esta vez Mrs. Liddell lo llama a su casa y tiene lugar la famosa conversación de ruptura en la que Mrs. Liddell le pide que se mantenga apartado de la familia. ¿Qué habría ocurrido durante la excursión o quizá durante el regreso en el tren? ¿Qué habría percibido Mrs. Liddell en el comportamiento de Carroll con sus hijas? ¿Qué habrían contado las niñas al llegar a la casa? Lo poco o mucho que Carroll tenía para escribir sobre esto estaba sin duda en esa página arrancada. Lo cierto es que la relación de Carroll con la familia se enfría, y hay un distanciamiento que dura meses. Cuando él hace el primer intento de volver a solicitar permiso para reunirse con las niñas, Mrs. Liddell se lo niega de plano. Y cuando por fin termina de escribir el libro, no puede llevárselo personalmente a Alice; debe resignarse a enviarlo por correo. A pesar de todo, y también esto es curioso, la relación no cesa por completo. Con el tiempo vuelven a recibirlo en la casa, aunque lo mantienen a distancia de las niñas. Y más adelante, Carroll tiene encuentros amables con Mrs. Liddell y les sigue enviando a las chicas ejemplares de sus libros hastaedades muy adultas. Incluso fotografía una vez más a Alicia, cuando ella cumple dieciocho años. 

—Eso indicaría que lo que fuera que hizo no se consideró quizá tan grave —dije—. O que le concedieron el beneficio de la duda. 

—Esa es prácticamente toda la cuestión: ¿realmente Carroll hizo algo durante ese viaje en tren? Quiero decir, ¿pasó de su propio límite al que aparentemente se atuvo en la relación con las niñas durante toda su vida y ocurrió durante ese viaje una transgresión, digamos, del orden del contacto físico? Algo que quizá las niñas contaron de una manera ingenua, sin llegar a comprender del todo y que despertó todas las alarmas de la madre. ¿O en realidad fue solo una sensación difusa de peligro que percibió la madre por sí misma durante la excursión, quizás una excesiva familiaridad, al verlo junto con sus hijas? ¿O alguna advertencia de otro adulto del grupo cuando Carroll se iba a solas con las niñas? ¿O fue, como sugieren otros, algo enteramente distinto? Uno de los miembros sobresalientes de nuestra Hermandad, Thornton Reeves, publicó hace muy poco la biografía más exhaustiva que tenemos hasta hoy y al llegar a este agujero negro conjeturó que quizá durante esa conversación Carroll pidió la mano de Alice, y fue esto lo que alarmó a Mrs. Liddell y le hizo verlo de pronto bajo otra luz totalmente distinta. 

—El trueno del sexo en el idílico botecito victoriano —dijo Seldom. 

—Exacto —asintió Ranelagh—. Es en realidad una tormenta de rayos y centellas suspendida en el tiempo sobre la cabeza de Carroll, y la lucha subterránea principal dentro de nuestra Hermandad. 

—¿Una lucha… entre cuáles bandos? —pregunté. Ranelagh pareció calibrar la cuestión, como si se hubiera excedido y prefiriera retroceder a una formulación diferente. 

—Un debate, todavía abierto, por determinar la culpabilidad o inocencia sobre la manera en que amaba a las niñas. Carroll tuvo decenas de relaciones con niñas a lo largo de su vida, y ninguna de ellas ni sus padres mencionaron nunca ninguna conducta dudosa. Su predilección por las niñas y su amistad con ellas era algo que desplegaba a la luz del día, con total franqueza. No hay en toda la correspondencia y documentación relacionada con Carroll ninguna prueba material que permita trazar la línea tenue entre pensamiento y acto. Por otra parte, sabemos también por los diarios que durante los años que frecuentó a las Liddell, Carroll tuvo su crisis espiritual más aguda y hay una cantidad de ruegos y súplicas a Dios para que le permita enmendarse y dejar atrás sus pecados. ¿Pero cuáles eran estos pecados? ¿Eran, otra vez, pecados de acto o solo de pensamiento? Nunca es lo bastante claro al escribir sobre esto, como si tampoco se permitiera confiarse del todo a su diario. El padre de Carroll era archidiácono y él tuvo de niño una educación religiosa estricta: el mínimo pensamiento equívoco o cualquier turbación podían bastar para precipitarlo en estas súplicas. En fin, toda la construcción biográfica de Carroll ronda en este filo impreciso, y está basada en la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Y aunque hay muchos en nuestra época suspicaz que prefieren automáticamente imaginar lo contrario, los que están a la caza de un Carroll pedófilo hasta ahora no lograron exhibir una prueba definitiva. 

—Aunque podrían decir —observó Seldom— que las fotos que tomaba de esas chicas son pruebas más que suficientes.

 —Ya pasamos antes por aquí, Arthur. —Sir Ranelagh movió la cabeza y siguió, mirándome solamente a mí, como si le tocara defender la ecuanimidad en un caso difícil delante de un tribunal imaginario. 

—Nada es tan fácil ni claro: durante esa época los niños eran considerados ángeles, la desnudez infantil era parte de un ideal edénico y Carroll hacía sus fotografías bajo la mirada y la aprobación de los padres, nunca como algo vergonzante o que debiera practicar a escondidas. Sus desnudos son para mostrar y exhibir, cuando el arte de la fotografía recién nacía. Es muy posible que no se considerara diferente del pintor que hace posar a sus modelos en distintas ropas o sin ninguna. Cuando sus amigas niñas se hacían mayores, con puntualidad él enviaba los negativos a sus madres para que pudieran destruirlos si las chicas se sentían avergonzadas de alguna manera. Era una época diferente, anterior a Freud y a Humbert Humbert. Y si es verdad que la naturaleza humana también aborrece el vacío, en la inmensa variedad de tipos humanos no deberíamos descartar que antes, e incluso ahora, existan personas que amen de la manera más límpida a los niños y se contengan de tocarles un pelo. —Ranelagh volvió a mirar a Seldom, como si fuera un tema en el que no lograran ponerse de acuerdo y tuvieran algo así como un empate por repetición de jugadas. —Pero para volver a la cuestión principal: espero que comprenda ahora por qué esta página arrancada se convirtió en el imán más poderoso y la piedra de toque para los biógrafos. Quizás allí y solamente allí aparecía por escrito la prueba decisiva, el hecho fatídico, el reconocimiento explícito de la acción infame. Desde los años sesenta, cuando se hicieron públicos los cuadernos, el fantasma de esa página no dejó de murmurarnos posibilidades. Como diría el poeta: no hay fuente más rumorosa que la palabra no dicha, ni libro más extenso que el que perdió una página. Sin embargo, hasta hace muy poco no había más que esto, conjeturas. Ninguno de los investigadores había podido avanzar más allá de suposiciones que, como suele ocurrir, tendían a apuntalar el retrato propio que cada uno había alzado del personaje. Solo Josephine Grey, otra de las fundadoras de nuestra Hermandad, logró hace unos quince años un único avance: pudo probar, de una manera ingeniosa e indudable, que la página no había sido arrancada por Carroll, sino con toda probabilidad por alguna de sus dos sobrinas nietas, Menella o Violet Dodgson, las hijas de Stuart, que habían quedado en custodia de los papeles. Esto también nos dice de manera indirecta algo: que Carroll no estaba necesariamente avergonzado o arrepentido de lo que había escrito allí. Pero en todo caso, y una vez más: ¿qué vieron entre líneas estas hermanas, o qué llegaron a interpretar para decidirse a cortar la página? ¿Qué revelaba, quizá sin quererlo, lo que estaba escrito allí? Llegamos así a principios de este año, en que nos propusimos desde la Hermandad publicar los diarios de Carroll que sobrevivieron, en una edición anotada. Son, como le dije, nueve cuadernos manuscritos, que están en la casa que compró Carroll en Guildford hacia el final de su vida, y que ahora está convertida en un pequeño museo. Como ninguno de los miembros plenos de la Hermandad podía ir hasta allá y quedarse el tiempo necesario para revisar todos los papeles, en la última reunión de julio, hace apenas unos días, decidimos enviar a una becaria que nos ayuda en varias tareas, Kristen Hill, una chica maravillosamente aplicada y minuciosa. Le pedimos que se quedara en Guildford un par de días para comprobar el estado de los diarios; debía sacar copias de las páginas una por una y también de todos los papeles anexos que pudiera encontrar. Su madre vive en las afueras del pueblo y esto nos permitía ahorrar el alojamiento. Y bien, al segundo día, tuvimos la noticia más extraordinaria. —¿Encontró la página? —no pude evitar preguntar. Sir Ranelagh alzó las cejas, para pedirme paciencia y quedó en suspenso por un instante, como si tratara de elegir la expresión más precisa. 

—Encontró algo que podría ser para nosotros… muy perturbador. Pero esa parte será mejor que la cuente Arthur, porque fue él quien recibió el primer llamado de esta chica desde Guildford.

Capítulo 1 "Los crímenes de Alicia"





   Poco antes del fin de siglo, recién graduado, viajé a Inglaterra con una beca para estudiar lógica matemática en Oxford. En mi primer año allá tuve la oportunidad de conocer al gran Arthur Seldom, el autor de Estética de los razonamientos y de la prolongación filosófica de los teoremas de Gödel. Mucho más inesperado, en la distinción borrosa entre azar y destino, fui junto con él testigo directo de una sucesión desconcertante de muertes, sigilosas, leves, casi abstractas, que los diarios llamaron Crímenes imperceptibles. Quizás algún día me decida a revelar la clave oculta que llegué a conocer sobre esos hechos; solo puedo decir mientras tanto una frase que le escuché a Seldom: El crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve con un culpable equivocado.
 
    En junio de 1994, al empezar mi segundo año de residencia, los últimos ecos de esos acontecimientos se habían acallado, todo había vuelto a la quietud, y en los largos días de verano no esperaba más que recuperar el tiempo que había perdido en mis estudios para llegar a las fechas imperiosas del informe de mi beca. Mi supervisora académica, Emily Bronson, que había disculpado con benevolencia los meses en blanco y las demasiadas veces que me había visto en ropa de tenis junto a una chica pelirroja adorable, me emplazó a la manera británica, indirecta pero terminante, para que me decidiera entre los varios temas que me había presentado después del período de seminarios. Elegí el único que tenía, aunque remotamente, un costado afín con mi inclinación literaria secreta: el desarrollo de un programa que, a partir de un fragmento de letra manuscrita, permitiera recuperar la función del trazo, es decir, el movimiento del brazo y el lápiz en la ejecución en tiempo real de la escritura. Era una aplicación todavía hipotética de cierto teorema de dualidad topológica que había alumbrado ella y parecía un desafío lo suficientemente original y difícil como para que pudiera proponerle un paper conjunto en el caso de que lo lograra. Pronto, antes de lo que hubiera sospechado, estuve lo bastante encaminado como para decidirme a golpear la puerta de la oficina de Seldom. Había quedado entre nosotros, después de atravesar la serie de crímenes, algo cercano a una tenue amistad, y aunque en lo formal mi consejera era Emily Bronson, yo prefería ensayar primero con él mis ideas, quizá porque bajo su mirada paciente y siempre algo divertida me sentía con más libertad para arriesgar hipótesis, llenar pizarrones y, casi siempre, equivocarme. Habíamos discutido ya las críticas veladas en el prólogo de Bertrand Russell al Tractatus de Wittgenstein, la razón matemática oculta en el fenómeno de incompletitud esencial, la relación entre el Pierre Menard de Borgesy la imposibilidad de fijar sentido a partir de la sintaxis, las búsquedas de una lengua artificial perfecta, los intentos de capturar el azar en una fórmula matemática… Yo, que recién había cumplido los veintitrés años, creía tener mis propias soluciones a varios de estos dilemas, soluciones que eran siempre a la vez tan ingenuas como megalómanas, pero aún así, cuando golpeaba a su puerta, Seldom dejaba a un lado sus propios papeles, se echaba un poco hacia atrás en su silla y me dejaba hablar librado a mi entusiasmo con una media sonrisa, antes de señalarme algún trabajo donde lo que yo pensaba ya estaba hecho, o más bien refutado. Contra la tesis lacónica de Wittgenstein, de lo que no se podía hablar, yo intentaba decir demasiado.
   
   Pero esta vez fue diferente: el problema le pareció sensato, interesante, atacable. Además, me dijo un poco misteriosamente, no estaba tan lejos de los otros que habíamos considerado. Se trataba, al fin y al cabo, de inferir a partir de una imagen inmóvil —de una captura gráfica de símbolos— una posible reconstrucción, un pasado probable. Asentí, impulsado por su aprobación, y dibujé en el pizarrón una curva rápida y caprichosa, y una segunda, muy pegada a ella, que intentaba seguir lentamente el recorrido para duplicarla:
 
  —Yo imagino un copista en suspenso, tratando de controlar el pulso y de repetir cada detalle, avanzando con cuidados de hormiga trazo por trazo. Pero el manuscrito original fue escrito con cierto ritmo, con liviandad, a otro paso. Lo que me propongo es recobrar algo de ese movimiento físico anterior, el acto de generación de la escritura. O un registro que marque al menos la diferencia de velocidades. Es similar a lo que discutimos respecto de Pierre Menard: Cervantes seguramente escribió el Quijote original, tal como imagina Borges, un poco à la diable, con la colaboración del azar, siguiendo impulsos y arrebatos. Pierre Menard, en cambio, debe reproducirlo a pasos de tortuga lógica, encadenado a leyes y razonamientos inexorables. Obtiene, sí, un texto idéntico en las palabras, pero no en las operaciones mentales invisibles por detrás.
 
    Seldom se quedó pensativo por un instante, como si estuviera considerando el problema desde otro punto de vista o como si entreviera sus posibles complicaciones, y me escribió el nombre de un matemático, Leyton Howard, ex alumno suyo, que ahora, me dijo, trabajaba en la sección científica del Departamento de Policía, en peritajes caligráficos.
 
  —Estoy seguro de que lo cruzó varias veces porque aparecía sin falta para el té de las cuatro, aunque no conversaba con nadie. Es australiano y en verano o en invierno siempre anda descalzo, no pudo dejar de notarlo. Es un poco huraño, pero voy a escribirle para que usted pueda trabajar un tiempo con él, eso lo ayudará a bajar a tierra con ejemplos reales.
 
   La indicación de Seldom, como siempre, resultó acertada y me pasé muchas horas del mes siguiente en la oficina minúscula que le habían dado a Leyton en un altillo del Departamento de Policía, aprendiendo de sus archivos y notas todas las astucias de los falsificadores de cheques, los argumentos estadísticos de Poincaré en su curioso papel de perito matemático durante el caso Dreyfus, las sutilezas químicas de tintas y papeles y los casos históricos de testamentos fraguados. Había conseguido prestada una bicicleta para este segundo verano y al bajar por St. Aldate’s para llegar a la estación de policía saludaba a la chica de la tienda de Alicia que abría a esa hora el local, pequeño y reluciente como una casa de muñecas, con su profusión de conejos, relojes, teteras y reinas de corazones. Algunas veces también, al llegar a la entrada del Departamento, veía en las escaleras al inspector Petersen. La primera vez dudé en saludarlo, porque pensé que quizá le hubiera quedado algún resquemor hacia Seldom e indirectamente hacia mí después de los sucesos en los que nos habíamos cruzado durante la investigación de los crímenes, pero por suerte no parecía guardar ningún mal recuerdo e intentaba incluso, como una broma repetida, darme los buenos días en castellano.
 
    Al subir al altillo, Leyton estaba ya siempre ahí, con la jarra de café sobre el escritorio, y apenas inclinaba la cabeza a mi saludo. Era muy blanco, pecoso, con una barba larga y rojiza en la que enredaba sus dedos mientras pensaba. Tenía unos quince años más que yo, y hacía recordar tanto a un hippie envejecido como a los mendigos de orgullosos andrajos que leían libros de filosofía en las puertas de los colleges. No hablaba nunca más de lo debido y jamás sin que yo le preguntara en forma directa algo: en las raras ocasiones en que se decidía a abrir la boca, antes parecía pensar muy bien lo que se proponía decir, para soltarlo por fin en una frase seca que era, como las condiciones matemáticas, a la vez suficiente y necesaria.
 
    Yo imaginaba que en esos instantes previos cotejaba furiosamente, en un ejercicio de orgullo inútil y privado, distintas maneras de decir lo mismo hasta quedarse con la más breve y precisa. Para mi desconsuelo, apenas le conté de mi proyecto me mostró un programa que estaba en práctica desde hacía años en el Departamento de Policía y que usaba una por una las mismas ideas que yo había imaginado: el espesor de la tinta y las diferencias de densidad como parámetros de la velocidad, la separación entre palabras como indicador del ritmo, el sesgo angular del trazo como gradiente de aceleración… Es verdad que el programa procedía por pura fuerza bruta, en base a simulaciones, con un algoritmo de aproximaciones sucesivas. Leyton, al ver mi desánimo, me alentó con el derroche de una frase entera a que lo estudiara de todos modos en detalle, con la esperanza de que quizás el teorema de mi supervisora, que yo intenté explicarle, pudiera hacerlo más eficiente. Decidí hacerle caso y apenas percibió que me proponía trabajar seriamente abrió para mí con generosidad su caja de trucos y me dejó incluso acompañarlo a un par de sesiones en la Corte de Justicia. En el estrado, frente a los jueces, quizá porque lo obligaban a calzarse, por un lapso brevísimo Leyton se transformaba: sus intervenciones eran rápidas, brillantes, abrumadas de detalles indudables, tan rigurosas como implacables. En el camino de regreso a la oficina, admirado, yo intentaba a veces algún comentario, pero él volvía de inmediato a sus monosílabos, como si ya se hubiera clausurado por dentro otra vez. Con el tiempo me fui acostumbrando a quedarme yo también callado en las horas compartidas de oficina. Lo único que no dejaba de inquietarme era que en sus momentos de meditación, cuando se quedaba ensimismado en alguna fórmula, muchas veces subía los pies desnudos para cruzarlos sobre el escritorio y, como en las antiguas novelas de Sherlock Holmes, yo podía descifrar en sus plantas todas las clases de barro y verdines de Oxfordshire y, por desgracia, también todos los olores. Antes de que terminara el mes volví a cruzarme con Seldom en el Instituto de Matemática, en el café de las cuatro. Me invitó a sentarme con él y me preguntó qué tal iban las cosas con Leyton. Le conté, con algún desaliento, que el programa que yo había imaginado ya existía y que solo me quedaba una pequeña esperanza de mejorarlo un poco. Seldom quedó detenido por un instante, con la taza a mitad de camino. Algo de lo que yo le había dicho pareció interesarlo más que mis clásicas decepciones. —¿Quiere decir que la policía ya tiene un programa así? ¿Y usted sabe usarlo? Lo miré con curiosidad: Seldom siempre había sido un lógico más bien teórico y no hubiera imaginado que pudiera interesarle la implementación concreta y prosaica de ningún programa. —Me dediqué justamente a eso durante todo el mes. Le di vueltas de todas las maneras posibles. No solo sé usarlo: a esta altura podría recitarle el código de memoria. Seldom tomó otro sorbo de su taza y guardó silencio por un momento, como si hubiera algo que no se atreviera a decir o un último obstáculo que no pudiera remover de su pensamiento.
 
  —Pero será, por supuesto, un programa reservado. Y quedará un registro cada vez que alguien lo utilice. Me encogí de hombros. —No creo que sea así: yo tengo una copia aquí mismo en el Instituto y lo corrí varias veces en las computadoras del subsuelo. Y en cuanto a secreto… —crucé con él una mirada de entendimiento—, no sé: nadie me pidió que jure por la Reina. Seldom se sonrió y asintió lentamente con la cabeza. —En ese caso quizá pueda hacernos un inmenso favor —se inclinó hacia adelante en el sillón y bajó un poco la voz—. ¿Escuchó hablar alguna vez de la Hermandad Lewis Carroll? Negué con la cabeza. —Mejor así —dijo—. Venga esta tarde a las siete y media al Merton College, hay una persona que quiero presentarle.

Nueva novela: "Los crímenes de Alicia"/ Febrero 2019




Los crímenes de Alicia

Del autor de Crímenes imperceptibles, una nueva novela protagonizada por Arthur Seldom

Oxford, 1994. La Hermandad Lewis Carroll decide publicar los diarios privados del autor de Alicia en el país de las Maravillas. Una joven becaria viaja a reunir los cuadernos originales y descubre la clave de una página arrancada por los familiares, que corresponde a la ruptura de Carroll con los padres de Alice Liddell, la niña real que inspiró la historia. El secreto que encierra esa página puede cambiar drásticamente todo lo escrito hasta ahora sobre la figura de Carroll, pero Kristen no logra llegar con su descubrimiento a la reunión de la Hermandad. Una serie de crímenes se desencadena, con el propósito aparente de impedir, una y otra vez, que el secreto de esa página salga a la luz.

¿Quién quiere matar al mensajero? ¿Cuál es el verdadero patrón detrás de la sucesión de crímenes? ¿Por qué aparecen fotos antiguas tomadas por Carroll como firma de cada ataque?

Como en Crímenes imperceptibles, la novela ganadora del Premio Planeta 2003, el célebre profesor de lógica Arthur Seldom y un joven estudiante de matemática unen fuerzas para llegar al fondo de la intriga. Ambos serán peligrosamente arrastrados en una serie desquiciada y macabra.

Con una prosa tersa y precisa, Guillermo Martínez ha escrito una novela extraordinaria, a la vez clásica y actual, que en la tradición de Borges, Umberto Eco y Leo Perutz lleva el relato policial a nuevas alturas filosóficas.  


Capítulo 1: "Los crímenes de Alicia"

"Capítulo 2: "Los crímenes de Alicia"

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